Sentimientos de juventud

La  Felicidad y el amor más que definirlas, hay que sentirlas, nadie sabe bien que son  hasta haberlas sentido, esos estados emocionales que nos hacen sentir plenos y realizados.

Por lo tanto podemos decir que nadie sabe lo que son hasta que las hemos experimentado. 

Son pequeños momentos donde sentimos una especie de enajenación que nos hace sentir contentos, satisfechos.

Estos momentos no son muy extensos en el tiempo pero son una carga de energía que nos ayuda a sobreponernos a dificultades y contratiempos. Un oasis en pleno desierto.

Si me pongo a recordar momentos de felicidad debo remontarme a mi adolescencia. Una Felicidad que sentí al leer mis primeras historietas con los inolvidables dibujos del Tarzán o El Príncipe Valiente, la Familia Burrón, Memin pingüin, Archie, etc,,,una buena calificación en el colegio;  ir a la playa y sus médanos (Altata).

Otros ejemplos de dicha podrían ser los juegos con mis amigos en un mundo mucho menos complejo que el actual. Tomar agua fresca de una manguera después de un partido de fútbol o béisbol  callejero, jugar a las canicas, damas chinas, a la lotería, patinar en la plazuela.

Todas esos entretenimientos que hoy no parecen tener importancia,  pero que, en esos momentos, nos llenaban de Felicidad y nos dejaron buenos recuerdos.

Haber conocido a mi novia, ahora esposa, el día de mi graduación profesional el día de mi casamiento y el nacimiento de mis hijos también fueron momentos de gran Felicidad.

No puedo evitar nombrar la aparición del rock and rol a finales de los años 50 y por influencia de Elvis Presley, Billy Haley y los Beatles,

en Mexico en la década de los 60’ se iniciaron los ídolos musicales, Angelica María, Cesar Costa, Alberto Vázquez, Enrique Guzman, etc….nos trajeron felicidad y alegría.

El mundo cambió y los jóvenes también. Sería largo enumerar momentos felices aunque todos sabemos que están matizados de contratiempos y dificultades. Por eso no creo que sea un estado largo e ininterrumpido a través del tiempo.

Debo agregar que no hay una fórmula para ser feliz. Quizás una puesta de sol en una playa nos haga alcanzar ese éxtasis bienhechor que nos hace sentir tan bien.
La felicidad no la buscamos ,más bien hay que dejar que aparezca y disfrutar el momento.

Hay que recordar que la Felicidad casi siempre aparece como resultado de nuestras acciones. Si obramos mal es muy difícil que alcancemos un estado de plenitud como lo es la Felicidad. Sentir envidia o rencor por el bienestar de los otros, aleja totalmente de nuestro lado la posibilidad de ser felices.

La verdadera felicidad se siente y se comparte. Hay que disfrutarla cuando aparezca,

Espero que sientan  felicidad al leer este ensayo literario.

 

¿No te acuerdas de mi?

Es el caso de quien nos saluda afectuosamente y pese a que ni recordamos su rostro, mucho menos somos capaces de recordar el nombre, ni situarlo en escenas de nuestro pasado.
Dicen que eso pasa con la edad pero empieza a ser preocupante, y temo que nadie se librará de esta zozobra,
Es muy común “retar” al preguntado y colocarlo en situación incómoda. No todo el mundo tiene la misma amplitud de círculos sociales ni “disco duro” de memoria y por ello lo ideal y cortés es saludar presentándose uno mismo.
Ahora bien, lo cierto es que de buena fe y sin ánimo de molestar, muchas personas se te acercan y te preguntan si les recuerdas. Es un momento angustioso, puesto que lo cómodo es contestarle con una respuesta franca y fría, “Perdoname, no te recuerdo”, aunque puede ser desconsiderado o humillante para el que pregunta.
Es un momento fugaz, tú puedes ver el semblante suplicante de quien te pregunta y él no puede ver la zozobra que se agita en tu interior por no recordar su identidad. En esos instantes, tu cerebro galopa buscando angustiosamente pistas en la indumentaria, en el gesto , tono de voz o marcas.
Si deseas ser cortes, otra solución es el contraataque: “Claro que sí, pero… ¿a que tú no recuerdas donde nos vimos la última vez? (Así intentamos obtener una pista salvadora con su respuesta).
Una solución más es la evasiva y con ligera hipocresía,“¡qué alegría volver a saludarte!” (lo que quizá puede llevar a la perplejidad del interlocutor si sabe que la relación en el pasado fue episódica o tensa).
Lo cierto es que se plantea un dilema moral a la hora de responder a la pregunta incómoda de “si le reconocemos”.
O también podemos utilizar una mentira piadosa, con el consiguiente riesgo: “¡Claro, como no te voy a reconocer!”.
La ultima opción es decir la verdad ofensiva, que resulta descortés: “Ni idea, discúlpame”.
Cuando eramos jovencitos recordabamos caras y nombres con nitidez y apodos de forma espontánea. Conforme maduramos, los nombres van borrándose y quedan los rostros. Y algo me dice que con el envejecimiento se borrarán de la memoria los rostros y los nombres.
Este fenómeno es debido a que el cerebro pese a la leyenda de su potencial ilimitado, y por algún mecanismo autónomo procede a seleccionar los recuerdos que deben conservarse y los que deben eliminarse, que pasan a una especie de almacén remoto o segundo plano (en ese ámbito solo pueden rescatarse con “ganchos” de relaciones o asociaciones de ideas ).

El recuerdo sensible, todos sabemos que en los tiempos de la Universidad, el recordar se facilita mediante trucos nemotécnicos o asociaciones naturales y llamativas (por ejemplo es difícil olvidar a quien nos presenten como “El Orejudo” si además tiene unas enormes orejas como Dumbo). .
De ahí que en la infancia y adolescencia suelen vivirse nuevos conocimientos y situaciones, lo que lleva a que el cerebro tenga anclados nombres y rostros (del colegio, de la Facultad, del club deportivo,etc). Sin embargo, cuando la rutina se instala como consecuencia de la mayor edad, y cuando el cerebro se sorprende menos, o cuando espera menos de las personas que le presentan, se produce el relajamiento de la mente y no se presta tanta atención al nombre.
Por eso, en las reuniones, jornadas, congresos y eventos profesionales, es útil el “gafete” o tarjeta identificativa, con el que cada uno exhibimos el nombre, cargo y origen.
Sin embargo, con el tiempo no tardará en llegar el día en que la organización de un evento, facilite el mismo día de llegada y recepción, una clave o “sistema de reconocimiento facial” de los asistentes, de manera que cualquier participante pueda apuntar discretamente su Smartphone a la persona a distancia y ver en pantalla su identidad, nombre, apellidos y cargo.
Por ultimo, ofrezco mis disculpas a aquéllas personas que amablemente alguna vez se han dirigido a mí y no he podido corresponderles con la mención de su nombre de pila,
Y es que digámoslo claro, es normal no reconocer los nombres (incluso hasta resulta propio de higiene mental en algunos casos en que recuerdo la cita de Cervantes porque hay personas “de cuyo nombre no me quiero acordar”).
Lo que resulta mas preocupante es no recordar……. ¿cómo me llamo?

Palabras de la abuela

Recién escuché una palabra que me hizo recordar a mi abuela.
En casa de mis abuelos, día a día, temprano se abrían las ventanas de par en par que daban a los portales de la avenida y también del patio interior de la casa.
Las almohadas sin fundas, las sabanas, las baquetas, se sacaban a “orear” a las ventanas.
Una vez a la semana, se volteaban los colchones de modo de estar parados “oreándose” junto a sus camas.
Esta costumbre de “orear” las cosas y las habitaciones para que les dé el aire es antigua y en vía de extinción.
Nuestra región donde el calor y la humedad provocan generación de moho y el encierro de olores desagradables; por eso todas las habitaciones tiene dos ventanas que se abren al momento que la familia se levanta para sus actividades, y generalmente no se cerraban para que circulara el aire, algunas tenían una rejilla, para evitar las miradas indiscretas de los peatones.
Investigando el termino, viene del latín aura, “aire”, y que literalmente significa “airear”
Los norteños la siguen usando en otra acepción que se aplica a uno mismo, cuando estas entumecido y harto del mismo lugar, oficina, aun en tu casa, uno sale a “orearse” a despejar la mente, refrescar ideas, otro panorama, para evitar el enmohecimiento de las neuronas.
Por eso, hay que abrir las ventanas y orearnos como los colchones de la casa de la abuela y seremos felices al poner en practica esta nostalgia….